Nací el 31 de mayo de 1950, en Villarrín de Campos (Zamora). Soy la tercera de seis hermanos

Mi padre era agricultor. El medio general de la vida de aquellos tiempos en la zona... En  dichas tareas colaborábamos todos según nuestras posibilidades. En casa había trabajo para todos.  Mis padres daban mucha importancia a nuestra educación cristiana y cultural, gozando con nuestros progresos.

Una tarde otoñal, tras finalizar la escuela y dejar en casa la “Enciclopedia Álvarez”, único libro de texto de aquella época, mi amiga y yo, cogimos nuestros respectivos bocatas con un buen puñado de castañas en el bolsillo... sin más pretensiones nos largamos a la calle a  correr, a lo que saliera... a jugar etc. Ese día, no existían motivos especiales que indujesen a pensar en que algo nuevo iba a irrumpir con fuerza en mi vida de tal forma que pudiese iluminar y encauzar mi existencia para el resto de mis días. Pero al doblar la primera esquina, qué fatalidad...!, nos abordó Severa, la típica “beata” del pueblo rehuida por los chavales, a fin de librarnos de sus trasnochados sermones piadosos.  Nosotras esta vez no conseguimos escapar. Nos miramos resignadas, y con la mayor corrección  -qué remedio- accedimos a su proposición. Y, si, fuimos a visitar a la Señora Pepa, llevándole  las galletas y el chocolate que la buena de Severa nos mandara comprar, a su costa,  para qua se lo lleváramos -como cosa nuestra -. “Se pone muy contenta, cuando recibe visitas, nos decía...”

La encontramos medio desatendida,  tendida en su cama bajita por su dificultad en las piernas..., Allí, en ese escenario, y, cerca de mi casa, aunque la había visto infinidad de veces, por primera vez descubrí la vejez, la soledad, la enfermedad. Me encontré de frente con el mundo del dolor y como si  de un relámpago o visión se tratase, quedé deslumbrada. Se me ocurrió que aquella necesidad podía tener remedio con alguien que se dedicase a cuidar a esas personas en sus casas, y que yo podía ser una de ellas. La idea me entusiasmó. Percibí que el Señor me había mirado e invitado a seguirle. Había hecho el descubrimiento de mi vida. Pero el hallazgo quedó celosamente guardado en mi alma de adolescente, de tal forma que no informé a nadie de lo ocurrido ni siquiera mi amiga se llegó a enterar. Desde entonces aunque mi vida aparentemente seguía igual, yo sabía que había sido tocada por el Señor. Otras perspectivas se habían abierto en mi horizonte y Dios me proporcionaría los medios para encauzar mis inquietudes. Percibía que los días en mi pueblo estaban contados, como la historia de Abrahán... “sal de tu tierra, hacia la que te mostraré”.

Pasado un tiempo, y también al atardecer, a la hora décima, como le sucediera a Juan  y Andrés, mi amiga me sale al encuentro e invitó a que tenía que ir con ella a un sitio. Sin conocer siquiera dónde ya le dije que si; faltaría más, las dos juntas al fin del mundo. Luego me explicó el plan. Se había enterado de la existencia de un Colegio en La Coruña -Mosteirón... –Sus padres hablaron con los míos y concretaron que iría a Zamora a conectar con la Comunidad  de las Siervas. Cuando me entregó la hojita en la que constaba los documentos y demás enseres necesarios que se precisaban para el internado y leí: “Siervas  de María Ministras do les Enfermos” me cautivó… de tal manera que me encerré en mi cuarto, di vueltas y vueltas al asunto: Me parecía que la cosa tenía mucho que ver con lo de aquella lejana tarde otoñal. Había mucha sintonía de sentimientos, sorpresa... y por fin ya me decidí. Me iría con ella al Colegio a los pocos días. Nunca había oído hablar antes de las Siervas de María... 

De entrada, mi partida supuso una ruptura dolorosa entre los míos. Aunque mi hermana la mayor estudiaba en Salamanca, el vacío que yo dejaba en la mesa y vida familiar no era el mismo. Sospechaban que lo mío era definitivo y lucharon lo indecible por quitarme la idea de la cabeza, sobre todo en las últimas vacaciones. Con la ayuda del Señor y ante la firmeza de mis convicciones, a pesar de mis cortos años, algunos me apoyaron y otros respetaron mi opción sin mucho entusiasmo.

A través de los años, en los distintos centros de formación: Colegio, Noviciado, 3ª Probación, fue madurando mi vocación. Entre luces y sombras, como la vida de todo mortal. Me di cuenta que ser Sierva de María, merecía le pena. Había encontrado el lugar idóneo donde mis inquietudes evangélicas y mi pasión por Dios tenían cabida.

Llevo 43 años de profesa. Han pasado muchas cosas en mi vida; unas agradables y otras no tanto. Como en la vida de cualquier persona y de cualquier grupo humano. No obstante,  no me ha pesado nunca haberme decidido por Cristo, estar en las filas de Madre Soledad. Me siento un poco heredera de su espíritu, de su amor y entrega a Cristo y  a los hombres; de su modo de hacer caridad.

He trabajado en varias casas de la Congregación, en actividades diversas en las cuales he procurado dar lo mejor de mi misma. Nunca agradeceré bastante este don quo Dios me he hecho con la vocación. He sido testigo de la vida y me he alegrado con le felicidad de la madre que por primera vez ve al hijo nacido de sus entraña y he bendecido a Dios. He compartido la alegría con el enfermo y su familia tras la recuperación de sus salud después de cortas o largas estancias hospitalarias.

A muchos he animado a acercarse a recibir los sacramentos, a mejorar su vida cristiana, a ser más felices. He acompañado a otros también, en el dolor de sus enfermedades, tanto en sus domicilios como en clínicas y hospitales. En ocasiones guardando respetuoso silencio porque los problemas desbordan y sobran las palabras. Otras veces ofreciendo, rezando. Procuro al menos que mi paso deje el buen sabor de una servidora buena del evangelio; me gusta llamarlo “apostolado del buen recuerdo”.

Se intenta hacer el bien, pero es Dios quien da el crecimiento. En no pocas circunstancias también, me ha tocado estar presente en ese momento supremo en que la vida del hombre se apaga. Horas impresionantes por la intensidad, profundidad que encierran de impotencia, de aceptación y de misterio

Con María al pie de la Cruz, estoy gozosa de participar con todo ese conjunto de experiencias de una Sierva de María que acompaña a las personas que se ponen en su camino acompañándoles en su sufrimiento, ofreciendo y transcendiendo su dolor en el transcurso de las largas horas del día o de la noche junto al lecho de su enfermedad. Con su quehacer sencillo, laborioso y oculto, la Sierva es feliz porque ama y repara, porque colabora en hacer más humana y cristiana la vide de los hombres.

Para finalizar me atrevería a decir, salvando inmensas distancias, uniéndome al pensamiento de San Pablo a los Filipenses... “que sin poner la confianza en la carne juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo.. No es que lo tenga todo conseguido sino que continúo mi carrera por ver si  consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzada por Cristo”.

Sor Ángela Bodego Gutiérrez.


 

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