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Soy una religiosa peruana, Sierva de María, que a través de este testimonio quiero hacer partícipe de las grandes maravillas

que he experimentado del Señor, durante mi proceso vocacional y que hoy, con el paso del tiempo, su llamada se hace cada vez  más fuerte.
Sentí la llamada del Señor, participando en el grupo de jóvenes hospitalarios de la Cínica San Juan de Dios, de la que era integrante; Dios se hizo el encontradizo en este lugar, y en ciertas circunstancias de mi vida; su mano providente estaba allí.
Aparentemente lo tenía todo. Trabajaba, estudiaba, tenia novio; en una palabra, era “feliz”. Durante mi infancia, tuve una formación religiosa muy buena, mi madre me transmitió esa fe sencilla que formó parte de mi crecimiento espiritual; en el período de mi adolescencia todo se fue perdiendo, pues no practicaba, los amigos, el ambiente en el que me desenvolvía, me fueron alejando poco a poco; primero, de los sacramentos y luego de los ejercicios piadosos, fue una etapa difícil en mi vida, no sabía a dónde iba, ni por qué estaba en este mundo, me comencé a hacer las preguntas fundamentales de la vida ¿Quién soy yo?, ¿Qué fin tengo, en este mundo?... Al visitar la primera vez la clínica San Juan de Dios, invitada por una amiga del colegio, me impresionó mucho ver aquellos niños y jóvenes, como yo, capaces de sonreír, ante el dolor, la enfermedad e incluso su incapacidad física, esto me marcó profundamente, despertando en mi algunos interrogantes; desde ese primer momento, con el tiempo me fui adentrando, en esta bonita misión de la Orden Hospitalaria, sentía que el señor quería algo más de mí, No sabía qué, o quizás sí, pero tenía miedo de enfrentarme a ello. No obstante Dios fue quitándome todo aquello que pudiera apartarme de Él, como fue el dejar de ver a mi novio por dos años, mientras él realizaba el servicio militar en la capital. Empecé a retomar aquellas prácticas religiosas, frecuentar los sacramentos; todo esto lo consideré una gracia muy grande de parte del Señor, conocí a María, nuestra Madre,  y nos hicimos muy amigas, pues siempre he sentido su presencia, más en los momentos difíciles, ¡que feliz era! de volver otra vez a los brazos de mi madre la Iglesia, poco a poco sentía en mi corazón la voz de Dios con más fuerza, aunque yo me resistía, pero las palabras de Yahvé dichas a Moisés me interpelaban: “He visto la aflicción de mi pueblo, conozco sus sufrimientos…” (Ex, 3,9 ss) comenté esto al hermano responsable del grupo, a quien le tenía gran confianza y cariño; le dije lo que me estaba pasando, él veía en mí una vocación cierta; me dijo claramente que Dios me estaba llamando y que no hiciera oídos sordos a su llamada; no quise escucharlo más, me fui; me sentía confusa, incapaz de oír, no sabía nada… y me alejé un par de meses de la clínica y del grupo.
Durante estos dos últimos años, pasaron muchas cosas; mi novio volvió del servicio militar, comenzó a hacer planes sobre nosotros, fui valiente, y le comenté lo que me estaba pasando, le dije, con gran dolor de mi corazón, pues, sabía que con ello le lastimaría, que sentía que el Señor me estaba llamando, que le quería mucho, pero que no le quería como él esperaba, así que era mejor acabar como amigos; yo tenia 19 años, pensé en el gran daño que le haría, pues era mi primer novio y con ello, años de relación, pero a la vez sentía que hacia lo correcto, pues no quería engañarlo. Sentí una gran paz en mi alma, al haber tomado esa decisión, quería seguir al Señor, pero no sabía cómo, ni dónde. Regresé a la clínica y al grupo, estuve un año con ellos y a la vez fraguando mi vocación, el hermano Isidro, así se llamaba el responsable del grupo, me supo aconsejar y me ayudó sobre manera, pero aún no sabía cómo decírselo a mi familia, sobre todo a mi madre, me dijo el hermano que esperara el momento oportuno y que orara mucho, que presentara esta intención ante el altar del Señor, como así lo hice, me dijo que no tuviera miedo, que el que me llamó, no me abandonaría.
Yo por entonces ya había terminado los estudios, un domingo después de misa hablé con mi madre, sobre mi vocación, ella se enfadó muchísimo, me dijo que era una egoísta, que quería escapar del mundo y de la realidad, pues, ella también había hecho sus planes para las dos… el Señor me dio valor para no llorar y sólo dije al respecto: “Con permiso o sin él me iré , si le hago daño, perdóneme y gracias por todo lo que ha hecho por mi”, ella se derrumbó al ver que mis palabras no eran sólo un capricho sino algo que ya había nacido y que ella notaba en mi y que tenia miedo que yo se lo confirmara; finalmente me abrazó sin decir nada.
Posteriormente se me presentó una oportunidad e hice la experiencia con unas religiosas; su misión era bonita, pero no era lo que yo buscaba y lo que el Señor me pedía; regresé a casa, pidiéndole luz para que me mostrara el camino.
Un día en mi parroquia encontré dos folletos vocacionales, uno de las Hermanas de la Caridad y otra de las Siervas de María, pensé: “esta es la mía”, las Siervas de María me contestaron y me invitaron a una experiencia; yo feliz, comuniqué a mi madre la decisión de irme otra vez, y aunque le costó, me ayudó a prepararlo todo y me fui.
El 3 de Diciembre de 1998, llegué a las Siervas de María, la Madre Superiora me recibió con los brazos abiertos, diciéndome: “Bienvenida a la casa del Señor”, fue un momento emocionante, el cual recuerdo con gran cariño. Después de un año pasé al Postulantado, los superiores mayores me invitaron a hacerlo en España; quedé perpleja por la noticia, pero dije: “Si es lo que el Señor quiere, iré”, me abandoné a su voluntad, con confianza y alegría Comenzamos en España 5 postulantes, al llegar a la casa Madre y postrarme ante los restos de mi Santa fundadora Santa María Soledad Torres Acosta y que desde ese día seria mi Madre, me emocione y sentí fuertemente su espíritu; terminado el período del Noviciado, hice mi profesión de Votos Temporales, y fui destinada a la comunidad de Pamplona, donde siempre me he sentido acogida por las hermanas y de las que recibí tan buenos ejemplos; realicé buena parte de mi formación, pues la formación verdadera es para toda la vida. Seguí las etapas de formación compaginando estudio y apostolado con los enfermos. El 08 de noviembre del 2008, hice mi Profesión Perpetua, sellando así mi amor con Jesús, mi verdadera alegría y felicidad, desde que profesé siempre he sentido su presencia. La comunidad,  favoreció mi formación, porque a través de su oración y acompañamiento, no me he siento sola, ahora veo que el Señor me llamó y me sigue llamando y que me invita a disfrutar de Él, de su presencia, que quiere que me identifique con su amor, porque me llama y me pide amar. Después de año y medio y 10 años en España los superiores mayores me destinaron a está comunidad de Milán, donde voy compaginando la asistencia junto con las obligaciones que la obediencia, me ha asignado.
Doy gracias a Dios por cuantas personas me han ayudado en mi proceso formativo, aquellas que sin ellas pensarlo, fueron un gran referente en mi vida y aún lo siguen siendo, pues no sólo veo que el Señor me llama, veo que Él me quiere en completa disponibilidad, desde la obediencia y la pobreza de vida evangélica.
Con todo esto revivido y contado a cada uno de vosotros os invito a no temer ante la llamada del Maestro, pues, así como al joven Rico le miró con amor, así os mira hoy con ternura y os invita a seguirle, no tengáis miedo, vale la pena apostar  ; yo lo he hecho y no me arrepiento, independientemente de las dificultades que la vida trae consigo, que son parte de ella y nos ayudan a crecer y desarrollarnos. Adelante, ánimo, no tengáis miedo de decir “Si”. Tú decides. Gracias y que Dios os bendiga.
Sor Ana María Sánchez Molina S. de M.

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